Mayo, mediodía incierto, Ismael. Rebuscaste por innumerable vez los bolsillos desiertos de tu descolorido pantalón. Sabías que no tenías un solo centavo, pero escudriñar su fondo vacío se te había hecho una perversa costumbre, un vicio irrefrenable que te calmaba las ansias y te hundía en la meditación. Sí, te alejaba de esta atroz vida cotidiana que apesta y que siempre está al borde de lo intolerable, ¿verdad?
“No sé qué darte / porque no tengo nada / ni bolsillos en el pantalón”. Comprimiste esos endemoniados versos en tu corazón, Ismael, saboreando de a pocos la perfecta amargura de su mágica música. Luego, desviaste la tímida mirada al lado abierto del parque donde el ambiente era más fresco y estrecho y donde te perderías con más ahínco en la imaginación. Ya casi habías logrando hundirte por completo en el sopor de una meditación sin sentido, Ismael, cuando una silueta femenina se te introdujo por el rabillo del ojo y te distrajo. Retornaste al horrible calor limeño, a tus bolsillos mezquinos, a esta vida que te apesta, y, la viste. La viste, Ismael.
La mujer era bajita y delgada y la melancolía de todo su ser apenas la dibujaba en el mundo. Sin embargo, era infinitamente atractiva, Ismael; imperecederamente adorable. En esas circunstancias fue difícil distinguir si era parte de esta pedante realidad limeña o parte de tu imaginación, querido. Imposible saberlo. Aún así te situaste en el nauseabundo hoy, y pronto supiste que la mujer realmente existía. Se disipó la duda y te acercaste; pese a tu escandalosa timidez, te aproximaste, Ismael. La diminuta mujer se exhibía junto al banco más triste y disimulado del parque, ¿como en tu imaginación, verdad, Ismael? Y sonrió, te percataste que ella sonrió y veloz supiste que era una mujer de la calle, una maldita prostituta, pero ¿no era linda, Ismael? ¿No era real y maravillosamente linda? Pronto tu mirada adquirió esa extraña expresión que incuba un corazón trémulo de esperanzas. Te cercioraste que esa maravilla era una prostituta, y aún así, te arrimaste a ella, querido. No valdría ni media cerveza, Ismael, pero algo cantó en tu corazón y fue imposible resistirse. Estaba de más recalcarlo, querido, por demás; las de su clase, para muchos hombres, no representan el más mísero valor; pero en esas circunstancias, para ti, ella fue algo más que una reluciente cara mostrándose a los transeúntes en medio de la acera del parque. Para ti fue un consuelo, una esperanza, un amuleto de la mejor de las suertes, y, te acercaste, Ismael, te acercaste.
Ella sintió el calor de tus ojos apoderándose irremisiblemente de todo su ser; llegó a pensar que tú serías al fin su dueño, su único y verdadero dueño; pero la veías como a las demás, con esos ojos que reflejan angustias sexuales eternas, puro sexo, Ismael. Al borde de la acera exhibía su juventud, su belleza, su escaso poder y su melancolía. Te acercaste, disimulado, para no despertar suspicacias y, al fin entablaste conversación. Sonreías con esa mueca tímida, feliz y pueril que siempre te ha caracterizado cuando te deslizas a cometer un pecadillo, Ismael. ¿Qué te dijo? ¿Qué sería mejor irse a un hotel para prolongar a gusto la conversación? Seguro que sí, cariño, no seas malo conmigo, cariño, mejor a un hotel, no te preocupes, yo conozco uno bien escondido, tampoco te preocupes por eso, querido.
Fue allí que la conociste, Ismael. ¿La conociste? Allí comenzó todo. Ella apagó la luz, descolgó la bocina del teléfono para no ser interrumpidos y dejó la puerta de la habitación entrecerrada, ¿verdad? Tú, antes de quebrar suavemente la perilla, te percataste que todo se desarrollaría adecuadamente. Verificaste el número de la habitación y empujaste la hoja izquierda de la puerta, listo a repetir las secuencias de un amor furtivo. Ni bien cruzaste el umbral, el fino perfume se anticipó a cualquier imagen del cuarto. Era un fino perfume embriagante, no uno barato como el de las demás, ¿No sospechaste nada, querido? Sonreíste. Sabías que ella saldría en cualquier momento de su escondite, casi podías sentir la caricia en la espalda y sus labios orondos y sedientos posándose en tu nuca. ¡Esa secuencia, esa ceremonia! Te besó en la nuca. Pensaste que ella era feliz y tú feliz con la felicidad de ella; tu voluntad sujeta a la voluntad de ella y eras feliz. No preguntaste nada, como debía de ser; la tomaste del brazo enrumbándola a la cama para tenerla tendida, abierta a ti. ¿Pero ella se ladeó, Ismael? No pudiste verle la cara. La atrajiste suavemente hacia el amplio sofá olvidándolo todo y dejando que ese primer beso se apague ahí, en la nuca. Ella, se te enredó en la cintura y susurró palabras que no entendías, palabras como “alma mía, me perteneces, soy toda tuya, tu alma es mía, tu alma es mía” y otras galimatías que no te importó descifrar en ese precioso momento. Luego ya sólo recuerdas un desfile de placer, los tersos brazos, la boca amanzanada, la saliva abriéndose paso entre tu pecho, la miel del momento.
¿Quisiste pensar, Ismael? ¿Quisiste guiarla hacia la sublimidad de la pasión secreta? Una falla en esos momentos y las consecuencias hubiesen sido desastrosas, querido. Sí, Ismael, ella sonrió, silente, apagada en su clamor de mujer vencida, adivinando que bajo la ropa siempre esperarías sediento y animal y que tu cabeza sería su cuerpo, su media espalda, un dibujo perfecto, un cabello y un cuello hermosos estirados en una almohada, una insinuación jamás adivinada, unos pezones sin duda erguidos, traviesos. Fue el momento preciso, Ismael, el momento de volver a decir que tu alma era suya. Claro, lo único que los amparaba dentro de la penumbra de la amplia habitación era el recuerdo de ustedes mismos. Y entonces, ¿acaso te dio una moneda, Ismael? ¿Una simple y vana moneda que como regalo es una cursilería? Por supuesto no te encontrabas en posición de negarte, además para qué hacerlo, ¿acaso tus bolsillos no añoraban una simple y mísera moneda? Resuelto el problema del amor, se asomó a ti y te dijo:
—Cuídame esta monedita, amor. No se te ocurra perderla o cambiarla.
¿No es de novela, Ismael? Una putita linda y romántica que se limita a esas palabras. Puta y romántica, peligrosa combinación, Ismael. La moneda era como todas, pero tenía algo mágico, querido, alguna característica que la hacía diferente a todas: Tenía un hoyo, un hoyo muy pequeño, pequeñito, como una mujer, Ismael, como ella (Aunque eso ni lo notaste). Luego vino la despedida, el adiós, el necesario momento en el que dos seres se entregan al drama para que los recuerdos sean recordados (Vale la pena decirlo). ¡Ay, Ismael! Ella apenas dijo adiós, nos vemos, con esas palabras de novela mal hechas. Bien, sé que tú querías un abrazo, una escena mojada de placer y llanto, sin embargo te limitaste a levantar la mano y enseguida, recordando que tenías una vida hecha y derecha, volviste a casa. Ahora uno de tus bolsillos estaba poblado de recuerdos, de pasión y de ansias, de esperanzas e incertidumbres, de una magnífica delicia sin costo, y tal vez, de un nuevo camino, Ismael. Tal vez debiera decir que una moneda, una sola moneda en el bolsillo de un hombre triste, es una verdadera línea divisora, una frontera que divide a los hombres, ¿no, Ismael?
Una semana después volviste. El parque, la acera, la tarde eran los mismos. Preguntaste por ella a otras como ella y ¿no estaba? Claro que no, querido, no estaba, era parte del plan el que no esté. Tal vez en la esquina contigua, Era delgadita, ¡No!, Frágil, ¡No!, era bo, bo, bonita, ¡No!, Era linda, lindísima. No, no estaba. Que no estaba y que no jodieras más, como si fuera la única puta linda. No estaba, Ismael. Y aunque no lo percibiste una trémula voz gravitó triste en tus bolsillos. Está bien, esta bien, esta parte es realmente ridícula, lo reconozco; pero tu tristeza fue mucho más estúpida, Ismael, tu lágrima resbalando por tu mejilla de entonces, realmente ridícula. Esa noche no pudiste dormir. Algo en tu corazón te dijo que ella estaría en ese momento acostándose con otro, durmiendo, ¡Dios!, con alguien que no eras tú, alguien de quien no podrías imaginar su cara, su rostro, alguien a quien no podrías golpear ni reclamar, alguien o algo con que desfogar esa furia incontrolable que te estaba matando. ¿La estarían amando en ese momento?, ¿alguien estaría amando el cuerpo que tanto habías adorado la última vez que hiciste el amor? Eso fue lo que más te dolió, Ismael, lo que más te torturó. ¿Sabe alguien qué es una tortura, un no saber en dónde está lo que más se puede amar y odiar a la vez por culpa de los celos? No, Ismael, no lo saben; pero tú lo supiste cuando no la encontraste, cuando la llamabas con todas tus fuerzas desde el centro de ti mismo, telepatía, Ismael, comunicación de lejos, intuición corazonada, odio purito, purito odio de no poder controlar la vida de una maldita puta que te tenía atado a su recuerdo, a sus expensas. Te había mentido cuando te dijo que te quería, ¿te dijo que te quería, o era tu imaginación? ¿Puede un hombre saber si una mujer le miente o no? Tu cuerpo estaba al servicio de una putita, Ismael. Claro que nunca se pueden saber cosas como esa, ¡Qué pena me dan la gente como tú, Ismael! Un consejo: “Si quieres ser feliz, Ismael, no analices, no analices; mantente ignorante, indiferente, y serás feliz”.
Es la única forma. Te quedaste dormido, querido, dormido en tus pensamientos y una lágrima de soledad rodó por tu mejilla; la noche había invadido tu cuerpo, Ismael, la noche fabricó una guarida en ti, Ismael. ¿Y qué pensaste luego? En realidad eras incapaz de pensar en ese momento. Contra tu voluntad, lloraste, dejaste que una lágrima envenenara tu vida y tu orgullo. Pero como nada dura para siempre el dolor se fue escondiendo en lo profundo y decidiste que era mejor no pensar en eso, además ella sería distinta, no como las demás, tenía algo que no compatibilizaba con el esquema general de las otras, en palabras fáciles, no era una puta ordinaria, era quizá alguien que estaba allí por accidente, porque tenía que cumplir algún inefable propósito y que por accidente también te había conocido, y que el destino estaba interviniendo en tu vida para regalarte estos momentos de vida, de existencia real, de pasiones y de una insoslayable dosis de extrema locura; como debía de ser: Una vida llena de todos los avatares. Con estas vanas explicaciones te fuiste calmando, Ismael, fuiste consiguiendo que ella sea ahora una mujer que no encajaba en ningún molde. No era una cucufata, tampoco una santa, no era una puta solapada, ¿como una ama de casa que se vende al marido?, era una mujer sincera que había echo el amor contigo y que no te había cobrado, como las otras, y que incluso te había regalado una moneda como recuerdo, como si supiera que estabas tan necesitado de dinero. Sí, Ismael, no tenías porque pensar mal, al contrario, por algo pensabas reiteradamente en ella. Si no piensa cómo fue tu encuentro con esa otra que sí era una puta. ¿Cómo fue? ¿Una charla incolora, una cama horrorosa, una puta linda, pero no tan linda como ella porque no te regaló una ridícula moneda? Como si pudiera llamarse encuentro a un simple y vano coito, una relación… ¿sexual? Así le dicen ¿no? Te fuiste arrepentido y sobre todo descubriendo que no era lo mismo con ésta, descubriendo que estabas quizá enamorado. ¡Epa!, ¡alto ahí!, esa es una palabra terrible; otra frontera, Ismael. Lo que estabas pensando era una tremenda barbaridad.
Aunque valgan verdades, el rencor todavía te mantenía en equilibrio. ¿Era o no una puta? Sin embargo no sólo lo estabas pensando, lo estabas sintiendo. Sí, Ismael, te descubriste enamorado de una puta que te regaló una moneda y que estaba jugando a las escondidas contigo; esto ya no era una linda travesura, digna de una putita bella, era una imperdonable y ridícula estupidez, carajo, una puta engreída, carajo. Así empieza el amor, Ismael, con una niñería digna de un puntapié. Volviste a buscar esa nueva puta (qué graciosas y complejas palabras ¿verdad?) y le pediste, a esta versión de mujer fácil, que te dijera dónde estaba su amiga, la flaquita de ayer.
—Quizá no vuelva nunca más por estos lares.
Fue una respuesta horrible, pero certera como una envenenada fecha. Sé que un amor perdido puede causar una ceguera extrema, Ismael, pero esto ya estaba sobrepasando los límites. Estuviste a punto de golpearla, de matarla cuando te dijo que ella, tu putita linda, no volvería, por lo menos, dentro de uno o dos meses por ahí. ¿Qué ibas a lograr con golpearla, querido? ¡Ese dolor en el pecho no era una broma! Estabas a punto de pelear por una ramera, por una desconocida que te dio una moneda y te atrapó en su recuerdo. Casi lloraste, ¿verdad? Pero te contuviste.
—Tú me dirás donde la encuentro, puta.
—De veras que quieres perder, papito. Atrévete a tocarme y no tendrás ni esperanza de salir vivo de aquí —Como si te hubiera importado tu vida en ese momento.
Estabas a punto de salir a empellones para disimular que una lágrima chiquita, agazapada, resbalaba por tu mejilla. Entonces sentiste que la mujer te abrazaba desesperadamente. Te zafaste de ella con asco y sorpresa. Ya a punto de salir, oíste que ella, tu puta querida, estaría al día siguiente en el mismo lugar que de costumbre. La alegría, el miedo, la incertidumbre, el pánico, la euforia y cuanta emoción más pudiera imaginarse se agolparon en ti, Ismael. Y ¿eso era el amor?
Al día siguiente, luego de caminar en exceso y volver por ella, supiste que esta nueva puta te había engañado. ¿Qué hacer? Antes de esto, tu vida era plana como una vereda y, “misia”, como tu vida misma; ahora no sólo era “misia”, si no, solitaria, más solitaria que nunca. Bueno, al menos tenías “una moneda” que estimulaba tus recuerdos. Rebuscaste con ansia tus bolsillos desiertos. Sí, desiertos. Sí, sí, desiertos y vacíos. ¡No! No estaba en tus bolsillos. ¿Acaso no pensaste que ella estaba casi convencida que iba a ser tu amuleto eterno, tu alegría perenne, tu bastón? ¡La moneda no estaba ya contigo!
Esperaste mucho tiempo antes de volver a encontrar a tu puta linda, ¿verdad? ¡Qué tontería!, ¡qué vanidad!, ¡qué descaro el dejar que las horas se escapen por las sienes de la obsesión!, ¡Ay, tiempo, tiempo, tiempo...! Pero no hay espera que no termine, querido. Una tarde —cuando el sol fue un disco de melancolía en el cielo— la volviste a ver. No lo podías creer, era ella, la mancha policroma que alguna vez invadió tus ojos y tu vida sin pedirte el más mínimo permiso, la ramera que te dio una moneda para que no la olvidaras. Emprendiste el camino, Ismael. Cómo explicarle que la esperaste, cómo decirle que el amor había tocado tu cielo, que su recuerdo había fabricado un nido en tu corazón, ¿Cómo, Ismael? ¡Cómo! Te acercaste.
—Hola, cariño —dijo y no lo podías creer.
—Hola, Preciosa.
—Supongo que has traído mi moneda —dijo y no lo podías creer.
Claro que ella no iba a molestarse por una simple moneda, por una moneda que ya no estaba contigo, ¿por qué enojarse por una simple y vana moneda?, una moneda equivalente a un helado o una galleta, o un billete de lotería. Debías de haberte callado, Ismael, dejar que el silencio contestara por ti, dejar que el silencio fabrique, como siempre, una tácita respuesta.
—Bien, tengo una moneda...
—No, cariño, no te estoy preguntando si tienes una moneda, te estoy preguntando si trajiste “mi moneda”.
—No, no lo tengo. Me lo robó tu amiguita.
—Yo no tengo por aquí ninguna amiguita.
—No, cariño, no te estoy preguntando si tienes una moneda, te estoy preguntando si trajiste “mi moneda”.
—No, no lo tengo. Me lo robó tu amiguita.
—Yo no tengo por aquí ninguna amiguita.
¿No es gracioso que una puta linda sea una caja de Pandora? O, mejor dicho, ¿una caja china? Y no una simple caja china, sino una caja china dentro de otra caja china.
—Por supuesto que las putas también nos ofendemos, Cariño. Es mejor que me devuelvas mi moneda o que te vayas haciendo la idea de que conmigo no vuelves a acostarte.
Sonreíste con sorna; pero la tristeza invadió tu vida, Ismael; y la invadió lentamente, casi en calma, mientras fabricabas explicaciones: ¿ella era como las demás? ¿Tenía algún otro propósito distinto a la prostitución, un misterio que la simplificaba como un ser indefenso tal vez, con alguna misión heroica que la redimiría; quizá con una misión peligrosa como lo deseabas?
Pero… ¿Qué puede hacer un hombre enamorado que sabe que lo único que le interesa a una mujer es su dinero, su moneda? Pues nada, ¿verdad, Ismael? Sólo limitarse al ejercicio de un imposible y humillante acto de persuasión. Intentaste convencerla, explicarle que ese capricho podía ser suplido por algo que tenga un valor real, algo con verdadero valor monetario, como un buen billete de 100 o 200 soles por ejemplo. No, mi moneda, querido. Podría regalarte algo que sea más útil. Mi moneda. Quizá te invitaría primero una gaseosa. Mi moneda. Pensaste un peluche, dijiste un peluche. Mi moneda.
—Carajo, ya te dije que lo he perdido.
Se fue, Ismael. Se fue y nada pudiste hacer.
—El día que consigas mi moneda, regresa.
Ibas responder, lo sé; ibas a decir ¿cómo te ubico?, ¿cómo sabré dónde estarás?, pero la voz se te quedó suspendida entre la garganta, contenida en la piedra del corazón. Es doloroso, ¿verdad? Ella se fue mostrando una espalda inolvidable en su huída de dolor y de llanto y por vergüenza a un público anónimo, no volviste la mirada para no ver que este público anónimo estaba viendo a un tipo que pelea con una hermosa ramera que ironiza una escena de dolor.
Plantado ahí te enojaste, Ismael. No podías concebir que el capricho de una estúpida caja china te tenga atado a una tarea estúpida: La tarea de conseguir una moneda especial para una puta especial, el trabajo de buscar (de encontrar) una moneda, una simple moneda de la que dependía tu vida, tu entera felicidad. Sé que es indignante, querido. Pero por lo menos no estabas sólo en esta tarea: Todos los hombres bregan a diario por unas cuantas monedas totalmente anónimas, al menos tu tarea estaba vinculada a una “moneda especial”.
Esa misma tarde comenzaste con tus pesquisas. Primero tenías que hallar a la otra mujer. Y pensabas: “Mi cuerpo al servicio de una putita callejera”. ¿Por dónde comenzar? ¿Dónde encontrar una moneda tan especial? Hay respuestas que se encuentran a sí mismas y a veces no es necesario rebuscar tanto, Ismael.
Mucho tiempo después, abrieron la pesada puesta metálica acompañada siempre de esos sonidos lúgubres que hace pensar en el encierro infranqueable y los días perdidos. Vinieron hacia mí, me cogieron y pasaron de mano en mano sin explicación alguna que me sentí inefable (lo raro hubiera sido que hagan lo contrario). No me extrañé en absoluto. Me arrinconaron junto con las demás en el fondo de la carrocería del camión. Me quedé pensando que los tristes sonidos rebotando eternamente en los fríos pasadizos de las celdas y los camiones eran parte de mí. Como siempre nos mantuvieron en espera. Y aunque todo eso era ya para mí una desagradable rutina, sabía que luego vendría la ansiada libertad, lejos de ese mundo de puertas metálicas, frías e infranqueables y que andaría nuevamente de mano en mano. Me puse muy contenta, realmente contenta. Toda la mañana tuve que convivir con ese ir y venir de ecos nostálgicos hasta que alguien comentó que nos llevarían muy lejos de ahí, a un lugar a cientos de kilómetros de la capital, como correspondía esta vez.
Me resigné. Para distraerme del encierro puse atención a los sonidos fuera del camión. Alguien dijo que había llegado la hora de la partida (Por supuesto que esto de la resignación es sólo un decir ya que el tiempo no es para mí precisamente oro). El sentir general de mis compañeras era de una franca indignidad y el ambiente estaba tenso como una cuerda de hierro templada en los gestos. Era fácil darse cuenta que los gendarmes se contenían las ganas de tenernos, aunque no lo decían. Encaminaron el camión al lugar a cientos de kilómetros de ahí. Luego vino la revisión, el necesario conteo de si estábamos completas y, no faltaba más, el mezquino verificar de nuestro valor, de una en una y delante de unos ojos ocultamente golosos, sedientos; en apariencia indiferentes, Ismael.
Después vino el atravesar de la ciudad, el saber que al rededor nuestro estaba la vida misma, imposible para nosotras. Salimos de la ciudad entrada ya la noche. Por los bruscos movimientos supimos que nos llevaban por un lugar inhóspito, accidentado, de seguro pobre y triste. Sin embargo el desliz de las ruedas del camión era constante y pleno, pleno en la seguridad de su marcha puntual a través de la noche. Casi todo el trayecto fue así: Monótono y aburrido. Luego llegó la mañana, el despertar, el hilo de luz clavándose entre nosotras por alguna rendija ínfima, casi imperceptible, negándonos su rotundo resplandor y su avaro calor. Entonces sentí el freno en seco y el maniobrar del chofer al borde del sueño, el despertar de golpe, el zigzagueo, la parada contundente. Oí la desesperación de los hombres al volante y el mutismo de mis compañeras al principio; luego, la bulla por el impacto, el chirriar de cada golpe como gritos de auxilio. Sentimos que la lucha había comenzado. Las balas se estrellaron contra el camión y nos reventaron el alma. La respuesta fue eficaz. Un momento después todo cesó; de golpe, así como había comenzado. Dentro del camión el silencio fue absoluto. El hilo de luz, a causa del impacto en el camión, era ahora una gran espada reluciente ingresando por una ranura a exasperar el polvo del interior. Entonces la puerta posterior se abrió y vimos las caras sedientas de los asaltantes viéndonos con esos ojos de lujuria que tanto se repiten y duplican en cada hombre que nos ve con esmero. Uno de ellos nos amontonó como a animales y nos rodeó con los brazos, babeando, y nos levantó en vilo. Alguno de ellos alertó que era necesaria la fuga inmediata. Con nosotras a cuestas subieron a otro camión y emprendieron la huída. Entonces, antes de que llegáramos a doblar la curva que los llevaría a la libertad, el balazo certero de una de los policías heridos atravesó casi medio kilómetro y se enterró en el cráneo del chofer. Como es predecible, el camión fue a dar contra el oblicuo cerro vertiginoso y luego, se abismó al vacío con nosotras mudas de pavor.
Estabas loco por ella, Ismael, loco por hallarla. Preguntabas describiéndoles sus características (tan repetidas en otras), diciendo que la tuya era muy especial. Los que te escuchaban con atención al principio, terminaban destornillándose de risa; se cagaban de risa cuando le decías que la moneda que buscabas era como las demás, ¿Como las demás?, Pero especial, señor policía, Hay tantas que..., Sí, pero la mía es mucho más hermosa que cualquiera… Es difícil, para otros, querido Ismael, aceptar que hay cosas especiales que no tienen nada de especial… Por eso te amenazaron, Ismael, se rieron de ti, por compasión te decían que si la veían te avisarían.
Otros se cansaban inmediatamente y te mandaban a la porra o te aconsejaban que vayas al banco o al tragamonedas, o posiblemente tu moneda estaría tras rejas, muy bien resguardada, de intrusos o advenedizos como tú y que era mejor que olvides tus pretensiones…, Estúpido, Malcriado…, Yo sólo quiero mi moneda..., Misio de mierda. Para ti era una tarea existencial, un aferrarse a la vida. En una ocasión un gendarme, convencido de tu demencia dio orden de que, si te veían por ahí nuevamente, te propinaran un ejemplar castigo. Pero la esperanza nunca muere, ¿verdad?, es la que guía nuestros pasos cada nuevo día. Así que insististe. Cuando fuiste al tragamonedas comenzaste por explicar que lo que buscabas era de un valor sentimental y que estabas dispuesto a pagar una suma considerable. El dueño te repitió que “tu monedita” estaría muy lejos de ahí y que no podía hacer nada por ti. No imaginaste donde estaba, ¿verdad? Alguien se rió de tu pobre condición de abandonado, querido. Así suceden las cosas. La resignación es a veces un deber: Habías dejado pendiente un viaje de trabajo, Ismael, un largo viaje que duraría quizá un par de años y durante ese tiempo tendrías que postergar tus pesquisas. Aunque nunca fuiste un hombre de resignaciones fáciles, tuviste que aceptar esta postergación, Ismael. También era parte del plan, querido.
Sin testigos que pudieran entrometerse y probablemente criticar tu falta de piedad por llegar tarde a casa te enrumbaste hacia la pequeña pradera acorralada por dos cerros donde el riachuelo se deslizaba en un silencio absoluto, lento y transparente y diáfano, casi como ocultando su existencia, Ismael. Como siempre que habías participado en los debates del colegio con tus colegas, esa mañana de julio sentiste ese vació punzante en el estómago cuando se tiene la certeza de que no se va a ninguna parte, como si hubieras comprendido de pronto que luego de la victoria en las peleas verbales, venía inevitablemente la derrota anímica. Así pues, recorriste de sopetón el largo sembrío, los montes de Vera Cruz y la pendiente de Occollo y te internaste en el placer de la pradera escondida entre dos cerros y su silencio de absoluta calma. Apenas ingresaste en ella, pudiste respirar a tus anchas y devorar con ahínco la majestuosidad de ese edén en miniatura. Te descalzaste, te aligeraste de ropas y te extendiste boca arriba mirando el infinito cielo azul, como si tus ojos necesitaran también beber ese azul donde se pierde el pensamiento. Y la recordaste, Ismael. Recordaste nítidamente aquella perfecta cara, aquella perfecta circunferencia y aquellos bordes mágicos. Recordaste también que luego de haber perdido una insignificante moneda no pudiste volver a los brazos de tan hermosa mujer: Mujer de la calle, Ismael. ¿Puede hacer tanta falta una puta como ella en la vida de un hombre? Quizá nunca lo sepas con certeza, Ismael. Lo que sí es seguro es que nunca imaginaste que volverías a verla, tanto padecer, en un lugar tan inhóspito como ese. Sí, fue entonces que la percibiste cerca, con nitidez perfecta a pesar de la distancia, estaba al borde de tu alcance, entre las rocas grandes, equilibrándose en entre los espinos. Tal vez estabas viendo añoranzas, Ismael; sí, sí, añoranzas, la moneda nuevamente al alcance de tus manos…, pero después de pasar los espinos y escalar la pendiente rocosa a unos ocho metros de altura, te convenciste. Sí, estaba ahí, ¿estaba?, no había lugar a dudas. Estaba ahí límpida y brillante, sobre tu calva, elevada apenas a unos metros del suelo. ¿Cómo había sido posible que haya llegado hasta ahí, Ismael? No imaginaste que luego de tu separación había sido arrastrada por unos gendarmes hasta ese pueblo donde tú llegaste por obra mía y no por obra del destino, Ismael. ¿Ni siquiera pudiste alcanzarla cuando estaba en el banco? Desde que la perdiste tú sólo atinabas a vivir en sueños, Ismael. Soñar y sonar con ella, como te corresponde, Ismael. ¿Pero por qué luchar tanto por una moneda?
Supongo que el impacto iba a ser contundente, Ismael. Luego de haber rodado la pendiente tuvieron que haber llegado al inevitable barranco y la caída habría sido espantosa, vertiginosamente perpendicular. Pero me quedé aquí a pocos metros del suelo. ¿Después de cuánto tiempo nos volvemos a ver las caras, querido? Me reconociste, aquel gesto sombrío que tanto se parece a una sonrisa muerta gravitó en ti y pensaste que todo ese tiempo perdido te lo tenía que pagar. Alargaste las manos, como la primera vez que estuve a tu alcance. Al instante te cercioraste de que los espinos, un poco más abajo que yo, no iban a permitirte alcanzarme con facilidad. Observaste con minuciosidad el contorno y volviste a convencerte de que sería imposible alcanzarme sólo con las manos (yo siempre con la cara expuesta al cielo, mirando imperturbable el infinito). Recordaste todo ese tiempo espantoso que pasaste sin mí. Recordaste que sin mi ayuda no pudiste conseguir el amor de una putita escandalosa. Entonces sin que nada te importe diste el primer paso sobre los espinos, como Jesucristo, pensando —un hombre pisando un espino sólo para recuperar una puta es vergonzoso, Ismael, vergonzoso—. El dolor fue espantoso. Entonces volviste a obtenerme, no dejaste que esta vez haga tanto uso de mi preciosa conciencia. Con inmensa alegría corriste a la única cabina telefónica de Occollo arrastrándome contigo y pensando que el último ingrediente para tu completa felicidad era llamarla. Ya en la cabina sonreíste con ese gesto pueril que siempre te ha caracterizado cuando te inclinas a cometer un pecadillo, Ismael. Me tomaste, me levantaste en vilo, ansiando oír la voz de ¿Mirla? ¿Melisa? ¿Mabel? ¿Cómo mierda se llamaba? ¡Qué desesperación, haber olvidado el nombre de la que tanto amaste, qué ironía, que vergüenza, qué desatino más grande, Ismael!
Sin testigos que pudieran entrometerse y probablemente criticar tu falta de piedad por llegar tarde a casa te enrumbaste hacia la pequeña pradera acorralada por dos cerros donde el riachuelo se deslizaba en un silencio absoluto, lento y transparente y diáfano, casi como ocultando su existencia, Ismael. Como siempre que habías participado en los debates del colegio con tus colegas, esa mañana de julio sentiste ese vació punzante en el estómago cuando se tiene la certeza de que no se va a ninguna parte, como si hubieras comprendido de pronto que luego de la victoria en las peleas verbales, venía inevitablemente la derrota anímica. Así pues, recorriste de sopetón el largo sembrío, los montes de Vera Cruz y la pendiente de Occollo y te internaste en el placer de la pradera escondida entre dos cerros y su silencio de absoluta calma. Apenas ingresaste en ella, pudiste respirar a tus anchas y devorar con ahínco la majestuosidad de ese edén en miniatura. Te descalzaste, te aligeraste de ropas y te extendiste boca arriba mirando el infinito cielo azul, como si tus ojos necesitaran también beber ese azul donde se pierde el pensamiento. Y la recordaste, Ismael. Recordaste nítidamente aquella perfecta cara, aquella perfecta circunferencia y aquellos bordes mágicos. Recordaste también que luego de haber perdido una insignificante moneda no pudiste volver a los brazos de tan hermosa mujer: Mujer de la calle, Ismael. ¿Puede hacer tanta falta una puta como ella en la vida de un hombre? Quizá nunca lo sepas con certeza, Ismael. Lo que sí es seguro es que nunca imaginaste que volverías a verla, tanto padecer, en un lugar tan inhóspito como ese. Sí, fue entonces que la percibiste cerca, con nitidez perfecta a pesar de la distancia, estaba al borde de tu alcance, entre las rocas grandes, equilibrándose en entre los espinos. Tal vez estabas viendo añoranzas, Ismael; sí, sí, añoranzas, la moneda nuevamente al alcance de tus manos…, pero después de pasar los espinos y escalar la pendiente rocosa a unos ocho metros de altura, te convenciste. Sí, estaba ahí, ¿estaba?, no había lugar a dudas. Estaba ahí límpida y brillante, sobre tu calva, elevada apenas a unos metros del suelo. ¿Cómo había sido posible que haya llegado hasta ahí, Ismael? No imaginaste que luego de tu separación había sido arrastrada por unos gendarmes hasta ese pueblo donde tú llegaste por obra mía y no por obra del destino, Ismael. ¿Ni siquiera pudiste alcanzarla cuando estaba en el banco? Desde que la perdiste tú sólo atinabas a vivir en sueños, Ismael. Soñar y sonar con ella, como te corresponde, Ismael. ¿Pero por qué luchar tanto por una moneda?
Supongo que el impacto iba a ser contundente, Ismael. Luego de haber rodado la pendiente tuvieron que haber llegado al inevitable barranco y la caída habría sido espantosa, vertiginosamente perpendicular. Pero me quedé aquí a pocos metros del suelo. ¿Después de cuánto tiempo nos volvemos a ver las caras, querido? Me reconociste, aquel gesto sombrío que tanto se parece a una sonrisa muerta gravitó en ti y pensaste que todo ese tiempo perdido te lo tenía que pagar. Alargaste las manos, como la primera vez que estuve a tu alcance. Al instante te cercioraste de que los espinos, un poco más abajo que yo, no iban a permitirte alcanzarme con facilidad. Observaste con minuciosidad el contorno y volviste a convencerte de que sería imposible alcanzarme sólo con las manos (yo siempre con la cara expuesta al cielo, mirando imperturbable el infinito). Recordaste todo ese tiempo espantoso que pasaste sin mí. Recordaste que sin mi ayuda no pudiste conseguir el amor de una putita escandalosa. Entonces sin que nada te importe diste el primer paso sobre los espinos, como Jesucristo, pensando —un hombre pisando un espino sólo para recuperar una puta es vergonzoso, Ismael, vergonzoso—. El dolor fue espantoso. Entonces volviste a obtenerme, no dejaste que esta vez haga tanto uso de mi preciosa conciencia. Con inmensa alegría corriste a la única cabina telefónica de Occollo arrastrándome contigo y pensando que el último ingrediente para tu completa felicidad era llamarla. Ya en la cabina sonreíste con ese gesto pueril que siempre te ha caracterizado cuando te inclinas a cometer un pecadillo, Ismael. Me tomaste, me levantaste en vilo, ansiando oír la voz de ¿Mirla? ¿Melisa? ¿Mabel? ¿Cómo mierda se llamaba? ¡Qué desesperación, haber olvidado el nombre de la que tanto amaste, qué ironía, que vergüenza, qué desatino más grande, Ismael!
Pero Hombre, así suceden las cosas tramadas por mí, así ha de suceder siempre cuando un hombre añora tanto una moneda, una moneda que teóricamente equivale a un helado, un pedazo de pan, una galleta, pero que en realidad puede uno estarse jugando la vida por no haberme conservado, Ismael. Así es, y ya no entristezcas, hombre, que al fin y al cabo soy sólo eso: Una triste moneda que una linda putita te regalo en señal de que tú eras su hombre, su verdadero amor, su dueño.
¿Y ahora? Ahora ve, corre, a buscar una cabina telefónica y úsame, Ismael, déjame deslizarme de tus manos, Ismael. Desde el otro lado te contestarán con amabilidad, adivinarán en tu voz la alegría tanto tiempo perdida, Ismael. Entonces con desesperación, con dolor, con miedo a enfrentarte al futuro, comprobarás que una verdadera puta es capaz de todo por una simple moneda. Debías de saberlo, querido Ismael, que casi todo con lo que respecta a las monedas es lamentable, lamentable. Hay gestos que nunca dejaran de ser, Ismael: Una palma que empuña una moneda como si esta fuera la salvación eterna es en realidad un alma empuñada por una moneda, querido; el alma, de cuanta puta y cuanto hombre piense que soy un canal para el amor, es mía. No lo olvides: Un hombre que empuña una moneda como si esta fuera la salvación eterna, es en realidad un hombre empuñado por una moneda. Así es fácil hablarte ¿no, cariño?


